LA CIUDAD, BAILARINA DE MEMORIAS PARTIDAS
30 agosto de 2026
  
LA CIUDAD, BAILARINA DE MEMORIAS PARTIDAS

Volvió a ser el pájaro encerrado que planea, a sentirse pletórica, e incluso la piel de Franz, que se mezclaba con la suya en cada paso, la hacía volar y sentir la conexión armoniosa con él como nunca.

Ballerina

“Ese aeropuerto es una ciudad”

A propósito del Estambul

Patrick Modiano, el escritor francés, Nobel de Literatura, acaba de publicar su última novela.

Ballerina es una narrativa dedicada a París. Un lugar donde no era difícil reconocerse en cuerpos hermanados que caminan o vuelan como “pájaros encerrados en una jaula”, cantando o al son de acompañamientos musicales archiconocidos. —Hay salsa los fines de semana en los bordes del Sena—. Fingiendo estar repletos de alegría desde sus viejas prisiones.

Una especie de “hermandad”, algo parecida a las que existen entre exalumnos de algunas prestigiosas universidades estadounidenses.

La queja de Modiano va en sentido contrario a esas fraternidades académicas...

París se fracturó. Dejó de ser el lugar para vivir... Pariendo lugares de exclusión e incluso expulsión...

Y no solo París, dicho sea de paso. Ciudad de Panamá es un ejemplo patético de ciudad-fracturación-espacial. Delirante jungla que grita y vomita hacia el cielo toda la impotencia y el dolor de memorias borradas. Fragmentadas, en el mejor de los casos.

Se me ocurre tirar una línea de amarre de esta novela con un proyecto muy querido a Mikel Dufrenne, director de tesis de Estado en París-Nanterre, y Étienne Souriau, ambos fundadores de la Revista de Estética. Uno de cuyos títulos recoge la plainte —queja que se vuelve novela en Modiano—.

La ville n’est pas un lieu —La ciudad no es un lugar— fue un volumen especial No. 3 y 4 de la Revista de Estética dirigida por ambos y publicado en 1977.

Coordinación de Anne Cauquellin y Michel Zerafa.

La premisa central de la obra va más allá de la definición de ciudades como espacios restrictivos...

Sitios para nacer... comer... dormir... bailar... caminar... pasear... fantasmear... hacer deportes... soñar.

Finalmente morir...

Proponían los autores abrir las jaulas para esto o lo otro, aferrados a una genial definición: diseño de circuitos, conductas y representaciones abstractas que van más allá del espacio físico.

La ciudad ya no es un lugar para vivir. Así concluyen y yo con ellos...

Aterrizando en el aeropuerto de Estambul, la enormidad del espacio y, sobre todo, la extremada sofisticación de la belleza de esa escritura en el suelo... lograda por el tratamiento imaginado de materiales banales —tubos—. Efectos digitales de cantos de cigarras que encontrarás luego en las calles de Daegu, en Corea del Sur...

Te llevan a la anterior conclusión...

Te olvidas del pianista en Incheon metido en Jiruma...

Solo te repites como la Fedra de Racine:

No... No vivo aquí... Solo pasaba...

Al único lugar que me queda y de Héctor y de Troya.

Ni un solo espacio, ni circuito para libros...

 

Voz de la Academia de Filosofía de Panamá